Mientras las estadísticas nacionales fijan un techo para el empleo remoto en el país, en Gualeguaychú el modelo híbrido y la exportación de servicios transforman silenciosamente los hábitos laborales. El caso de dos trabajadoras que exhiben dos realidades diametralmente diferentes.
Por Sandra Insaurralde
La irrupción de la pandemia de Covid-19 en 2020 forzó la instalación el home office como una necesidad sanitaria que, con el tiempo, devino en un derecho y una opción de conveniencia corporativa. En Argentina, este fenómeno encontró un marco legal con la sanción de la Ley de Teletrabajo (Ley Nº 27.555), reglamentada a principios de 2021, que buscó regular aspectos clave como el derecho a la desconexión digital y la provisión de equipamiento.
Hoy, a varios años de aquel quiebre, los datos oficiales del Ministerio de Capital Humano (ex Ministerio de Trabajo) y del INDEC reflejan que la modalidad 100% remota ha cedido terreno frente a la consolidación definitiva del modelo híbrido que combina días de presencialidad con jornadas de tareas hogareñas.
A nivel estrictamente local, en Gualeguaychú, no existen estadísticas públicas ni censos que midan de forma exacta cuántos comercios tradicionales o instituciones se han volcado al trabajo remoto. Lo que sí se consolidó es la digitalización de procesos y el modelo híbrido en oficinas contables, organismos del Estado, estudios jurídicos, agencias de seguros, medios de comunicación y empresas de salud y obras sociales, que descentralizaron el trabajo.
A la par, la ciudad asiste a un crecimiento masivo de la "exportación de servicios": profesionales independientes de la economía del conocimiento (desarrolladores de software, diseñadores UX, analistas de QA) y agentes de ventas digitales que residen en Gualeguaychú, pero prestan servicios remotos para empresas de Buenos Aires, Córdoba o el exterior.
Dos experiencias de teletrabajo gualeguaychense
Las prácticas de habitar el teletrabajo en Gualeguaychú varían según las dinámicas familiares, el tipo de organización laboral y la infraestructura del hogar.
Mónica trabaja en una empresa nacional que brinda servicios en todo el país y ha logrado construir una rutina sumamente estructurada. Su horario es de 8:00 a 16:15 horas, con un corte de 45 minutos para almorzar. Para ella, la clave de la salud mental en el home office radica en la delimitación física del entorno.
"Donde vivo, cuento con una habitación que la transformamos en oficina, ya que mi novio también trabaja desde casa. Por lo tanto, en los momentos que corto para comer o cuando ya termino de trabajar, cierro esa habitación y sigo con mi vida", relató la administrativa.
Respecto a la fatiga virtual y el derecho a la desconexión, Mónica señaló que en su empleo son tajantes con la prohibición de hacer horas extras, salvo urgencias puntuales. "Encontré un equilibrio de mi vida laboral con mi vida personal. También hablo desde un lugar en el que todavía no tengo hijos, por lo tanto, no tengo 'distracciones' en mi casa y las horas de estar sentada frente a la computadora las cumplo correctamente. Cuento con compañeras que tienen hijos y quizás es más complicada esa coordinación, pero no imposible".
En la otra vereda de la experiencia se encuentra Vanesa, quien forma parte de una empresa cooperativa con asociados distribuidos en Santa Fe, Buenos Aires y Entre Ríos. Para ella, los límites son difusos y el día a día se vuelve una marea difícil de surfear. "La verdad no es fácil. Se mezcla la rutina doméstica con la laboral, y con la rutina relacionada a la familia (la escuela, etcétera). Es separar y usualmente en el medio de una tarea de trabajo tengo que levantarme a resolver alguna cuestión doméstica", confesó la profesional.
A diferencia de Mónica, Vanesa sufre el impacto de la fatiga virtual: "En mi caso no logro hacer respetar el derecho a la desconexión digital. No tengo límites claros de inicio y fin de jornada". Además, su rutina modificó por completo sus hábitos comerciales. Al no tener que trasladarse a una oficina céntrica en Gualeguaychú, sus consumos se volcaron en su totalidad a los comercios de cercanía de su barrio, algo que, según describe, "afecta negativamente" a su economía familiar debido a la dispersión de precios en los negocios del barrio.
El desafío del arraigo y el sentido de pertenencia
Uno de los mayores retos del trabajo virtual es la pérdida del contacto cara a cara, un factor que en comunidades del interior de la provincia tiene un peso cultural insustituible. Vanesa explicó que, ante la falta de presencialidad, en su cooperativa intentan sostener el ida y vuelta mediante reuniones virtuales y el contacto diario a través de mensajes escritos. Sin embargo, es categórica: "Es imposible reemplazar lo presencial".
Al analizar el mercado laboral de la región y evaluar si las organizaciones locales deberían migrar definitivamente a esquemas híbridos o mantener la presencialidad, Vanesa aportó una mirada analítica basada en la escala de las organizaciones: "Depende de la situación. En empresas chicas, opino que la presencialidad es clave para sostenerse, porque se pierde enseguida el sentido de pertenencia al trabajar siempre solo. Pero quizás en empresas más grandes, donde se puede garantizar la conexión con otros trabajadores, armar equipos y tener roles bien definidos, podría funcionar".
El panorama actual demuestra que el teletrabajo ya no es una emergencia del 2020: pasó de menos del 2% de adopción regulada antes de la pandemia a un universo actual de cerca de 2 millones de personas operando bajo plataformas digitales o formatos remotos e híbridos.
No obstante, este avance convive con otros relevamientos (Randstad) que indican que el 83% de los argentinos trabaja hoy de forma 100% presencial, la mitad de ellos preferiría un formato híbrido si pudiera elegirlo. Este deseo choca con la matriz productiva del país, donde estudios del Centro de Implementación de Políticas Públicas para la Equidad y el Crecimiento (CIPPEC) demostraron que el potencial máximo de teletrabajo es de apenas un 26%. La realidad explica qué el empleo remoto real y registrado terminó estabilizándose alrededor del 17% o 18% del total de asalariados, delineando un techo físico para el sistema mixto, pero consolidando una transformación cultural irreversible en la forma de habitar el trabajo.