Aquel Gualeguaychú de 1810, con sus calles de tierra, ranchos de adobe y vecinos que debatían la Revolución en apenas nueve pulperías, se transformó un siglo después en el gran orgullo ilustrado del Centenario.
Por Leticia Mascheroni
Las tarjetas postales de 1910 inmortalizaron con nostalgia esa evolución de la villa, rescatando del olvido los primeros bailes en la Comandancia y reviviendo la memoria de un pueblo que pasó del aislamiento a lucir sus mejores galas para celebrar la patria.
Apenas con 27 años de edad desde que Don Tomás de Rocamora la erigiera en Villa, San José de Gualeguaychú mantenía una rutina diaria el 25 de mayo de 1810: abundaban los bulliciosos perros cimarrones, las damas iban a misa o permanecían en el hogar ocupadas en las labores diarias o en el cuidado de sus hijos, los niños correteaban en las calles de tierra y los hombres concurrían a alguna de las nueve pulperías, cortaban leña o hacían algún arreglo en el rancho de adobe y paja.
El Cabildo tenía seis miembros y la mayoría eran españoles europeos: Alcalde Ordinario, Francisco García Petisco; Regidor Decano, Rafael Zorrilla; Alguacil Mayor, José Borrajo; Fiel Ejecutor y Juez de Policía, Basilio Galeano; Defensor de Pobres y Menores, Pedro Echazarreta; Síndico Procurador, Juan Firpo. Las comunicaciones con Buenos Aires, capital del Virreinato del Río de la Plata, eran muy escasas y dificultosas, por cuanto en la Villa, los acontecimientos allí acaecidos, no se conocían inmediatamente. Casi un mes después, el 11 de junio, llegó la noticia de la instalación de una Junta Gubernativa a nombre de Don Fernando VII, rey de España y la situación se complicó, enfrentando a los de uno y otro bando: los que querían seguir fieles a la corona y los que preferían un gobierno propio, sin dependencia europea. En el Instituto Magnasco, se conserva el original de un documento firmado por los miembros de la Primera Junta, referido a la concesión de un terreno a Don José Elías Peñava.
De a poco, la conmemoración del 25 de mayo se fue afirmando y se festejaba cada año siguiendo las directivas del Cabildo: con el sonar de la campana de la capilla, con algún redoblante conservado como trofeo de alguna batalla, adornando la Comandancia (hoy Jefatura de Policía) con flores, velas y un baile para el final de la ceremonia. Todos aprovechaban a lucir sus mejores galas, traídas generalmente en los barcos.
Para 1849, el primer periódico que tuvo la villa, El Progreso de Entre Ríos, fundado por don Isidoro De María, publicaba el programa del acto realizado en conmemoración del 25 de Mayo de 1810: se entonaron dos estrofas del Himno Nacional, se leyó una “Oda” y a continuación se representó la obra “El Mártir de su Patria”, dedicada al gobernador Justo José de Urquiza. Por entonces, se fue arraigando la costumbre de convidar con pastelitos, empanadas, locro o algún improvisado asado, que las corrientes inmigratorias iban imponiendo de acuerdo con la nacionalidad de procedencia.
A medida que crecía la población y se extendían las construcciones desde el río hacia el oeste y la villa se convirtió en municipio, los festejos del 25 de Mayo fueron adquiriendo mayor relevancia, cuando las circunstancias lo permitían. Se agregaron salvas de artillería, 21 cañonazos, de barcos fondeados en playas cercanas; carreras cuadreras, riñas de gallos, palo enjabonado, desfile de la banda militar y detrás, el pueblo encolumnado desfilando por la arteria principal, la calle Urquiza, precedidos por las autoridades civiles, militares y eclesiásticas. A la caída del sol, los infaltables fuegos artificiales provocadores de incendios, cuando “aterrizaban” en un techo de paja.
Con muchas expectativas se esperaron los festejos del centenario de la Revolución de Mayo. La ciudad de Gualeguaychú lucía espléndida, con algunas calles empedradas, con construcciones públicas y privadas “al estilo europeo”, con un puerto muy activo en movimiento de barcos, mercaderías, almacenes navales y fondas. La instalación del ferrocarril, contribuyó sobremanera para el transporte de mercaderías y de personas hacia el interior de la provincia.
El nuevo edificio municipal, la instalación del “Regimiento 10 de Infantería”, la renovación del Mercado Municipal, la creación de la Escuelas Normal mixta “Olegario V. Andrade” y la inauguración del monumento a San Martín, sobre la base de la Columna de la Independencia entre otros, contribuyeron a dar un marco significativo a los festejos de 1910. Cabe agregar, que la plaza Independencia pasó a denominarse Plaza San Martín, tal como se hiciera en otras ciudades y la calle Mendoza se llamó Primera Junta, desde Urquiza hacia el norte.
Desde fines del siglo XIX, se afirmaba la costumbre de enviar Tarjetas Postales, un modelo de intercambio creativo, colorido y ameno. El cartero era esperado con emoción y expectativa; la Casa Elizalde – Librería e Imprenta de la ciudad, las vendía “a precios módicos y muy baratas”.
A los festejos del 25 de Mayo, se venían sumando las colectividades enraizadas en la ciudad: el Centro Español, la Sociedad Unione E Benevolenza, la Sociedad Francesa, el Centro Social y Cultural Sirio-Libanés y la Sociedad Operai Italiani, entre otras. Participaban de las marchas cívicas convocadas por la municipalidad, en la plaza organizaban bailes típicos y ofrecían comidas de su país de origen.
En las escuelas se preparaba el acto solemne, en el que directivos, docentes, padres y alumnos conformaban grupos de trabajo para dar lucimiento a la celebración. El comercio trataba de estar al día para proveer del material necesario para la ornamentación, la confección de los trajes de época y el embanderamiento de la ciudad. Para el acompañamiento musical, se recurría a la banda militar o a algún piano y su ejecutante.
Con el correr del tiempo, las bandas militares, las orquestas y los intérpretes de guitarra o piano, han venido acompañando los actos conmemorativos del 25 de mayo. Las casas, las plazas, los edificios públicos y hasta las iglesias, sorprenden al despertar el día, engalanados con la celeste y blanca. En Gualeguaychú y desde el Bicentenario, se baila el pericón “más grande del país”, en el que cientos de parejas se desplazan por la pasarela del corsódromo, mientras una multitud disfruta de exquisitas comidas tradicionales y recorre los numerosos stands que crean los alumnos del secundario alusivos a la fecha, esperando con ansiedad el resultado del veredicto del jurado. Esta iniciativa es muy interesante, ya que los jóvenes aprenden a diseñar, a profundizar en el conocimiento histórico, a compartir desvelos con padres, docentes y amigos y a compenetrarse del significado de una fecha valiosísima para los argentinos.
En efecto, la verdadera fortaleza de un país reside en forjar un sentimiento nacional que sea compartido por todos sus habitantes, es por eso que la celebración de la Revolución de Mayo refleja al mismo tiempo algunas cuestiones fundamentales: unidad territorial, identidad cultural y visión de futuro.
Este sentido de pertenencia colectiva, que hoy se consolida en el corsódromo, hunde sus raíces en la tenacidad de las instituciones que históricamente custodiaron el patrimonio de la región. El propio Instituto Magnasco, fundado en 1898 por mujeres pioneras como Camila Nievas, nació bajo la premisa de resguardar documentos como el de la Primera Junta y promover las letras hispanoamericanas para educar a las nuevas generaciones rurales. Del mismo modo, el arraigo cultural de Gualeguaychú se alimentó de hitos editoriales e históricos que refinaron la discusión pública y transformaron los antiguos festejos de salón en auténticas manifestaciones populares y masivas de civismo entrerriano.
De este modo, al repasar la línea de tiempo que une el repique solitario de la capilla colonial con los acordes multitudinarios del pericón actual, se evidencia que la soberanía no es un concepto estático heredado del pasado, sino una construcción activa y cotidiana. La evolución de las celebraciones en Gualeguaychú demuestra cómo una comunidad puede asimilar la diversidad de sus corrientes migratorias y la modernización de su infraestructura sin perder el eje de su identidad original. Mantener vivas estas tradiciones —ya sea a través de las históricas postales impresas de la Casa Elizalde o mediante los proyectos didácticos de las escuelas contemporáneas— garantiza que el grito de libertad de 1810 siga siendo el motor que impulsa el porvenir de la ciudad de cara al río.