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Un lugar obligado

Las pulperías que dieron forma a la vida social de Gualeguaychú

Desde tiempos remotos, las personas buscaron reunirse para conversar, escuchar música, hacer negocios o, simplemente, divertirse. La Villa de San José de Gualeguaychú no escapó a esa costumbre y, con una población sumamente escasa, también encontró esos espacios para los parroquianos.

Sábado, 11 de Julio de 2026, 7:53

Por Leticia Mascheroni

La pulpería era un almacén de ramos generales y el lugar obligado para los hombres en la época colonial. Tanto en la villa como en las zonas rurales, la gente concurría a comprar ropa, comida y artículos de uso diario como telas, velas, jabón, remedios, herramientas y de paso, se enteraban de las noticias.

 

Entre 1801 y 1802 hubo ocho pulperías en la Villa de San José de Gualeguaychú, según da cuenta el alcalde José Nadal, encargado de cobrar las alcabalas —impuestos— que los pulperos debían pagar semestralmente. El “fiado” era una costumbre garantida por “la palabra empeñada”, sobre todo, porque algunos pulperos no sabían leer ni escribir, tal el caso de Pedro Josef Guizper —Quisper o Quispere—, Diego García y Francisco Portugués, quienes debían recurrir a otros para que firmaran en su nombre o simplemente anotaban en la pared utilizando marcas: una raya (/) por cada real adeudado y una cruz (X) por cada peso. Juan Bautista Firpo, Fernando Jurado, Domingo Silva, Valentín José Sopeña y Miguel González Vayo —que no siempre firmaba igual— lo hacían por cuenta propia.

 

La pulpería era un rancho de paredes de adobe, piso de tierra y techo de paja; el pulpero atendía detrás de una reja de madera o de hierro para protegerse, pues en las afueras solía haber riñas entre parroquianos pasados de alcohol. Mudo testigo era el palenque, poste largo al que ataban sus caballos, que también servían para carreras cuadreras y de sortijas. Si bien la riña de gallos era una costumbre generalizada, por un bando del cabildo fueron prohibidas por el espectáculo terrible que ofrecían los gallos moribundos o muertos y la sangre que se desparramaba en cantidades generosas. También el cabildo velaba por la protección de la familia, pues no era imagen para niños y porque se hacían gruesas apuestas que endeudaban a los padres en su desmedro.

 

 

El origen de su nombre provenía de la autorización que daba el Cabildo para la venta de carne, mientras que otra acepción de origen mexicano sostiene que deriva de pulque, bebida alcohólica que se vendía en las pulquerías. Poder político y dominio del mercado constituían un monopolio, como el que ejerció durante un tiempo prudencial Justo Esteban Díaz, primer Alcalde de la Villa, pues proveía la carne, daba las autorizaciones de instalación y sus peones estaban obligados a proveerse en su local. Ejemplos como este abundaban.

 

Aunque la población era sumamente escasa, las pulperías constituían un núcleo social destacado, pues concurrían individuos de acentuadas diferencias sociales, como también eran diferentes los intereses que los congregaban. De parco vocabulario, bebían aguardiente, ginebra, caña y vino carlón —oriundo de Benicarló, España—, mientras jugaban con naipes, tabas y dados con apuestas de por medio mientras no viera la autoridad.

 

Ir a la pulpería o “esquina” en su función de almacén se reservaba generalmente para los esclavos, criados o recaderos en tren de comprar algo de carbón, tabaco, yerba, harina para los amasijos o azúcar, infaltable para los pastelitos y dulces de frutas; en menor porcentaje, artículos de mercería, algunas sedas, ponchos y calzones (pantalones de algodón blanco muy anchos que usaban los gauchos para proteger sus piernas del roce constante con el cuero del caballo y los arbustos).

 

 

Un cuadro de pulpería nos muestra un gran mostrador de madera robusta en el que se apoyaban los gauchos para beber. Al fondo, estanterías con sus anaqueles en los que se exhibían los productos para la venta, mientras que los parroquianos —así se llamaba a las personas del vecindario de una capilla o parroquia— lucían pañuelo al cuello, chiripá y botas de potro. Sentado en un rincón, otro que “empuñaba” la guitarra.

 

Momentos de paz eran frecuentes, cuando algún paisano rompía la monotonía del silencio con melodiosos acordes de una vidalita, décima o milonga arrancadas a la guitarra —o su versión más pequeña, la vihuela— e improvisaba con algún payador circunstancial. La payada era un contrapunto de canto y poesía y en algunas ocasiones, el mismo pulpero se sumaba para responder rápidamente en rima.

 

En el censo de 1820 se destacaban las profesiones: Benito Martínez, procedente de Paysandú de veinticinco años, soltero, figuraba como “Maestro de Pulpería” y nueve estaban registrados como “Mozos de Pulpería”. Otros datos importantes acerca de las pulperías se empezaron a registrar a partir de la aparición del primer número de El Progreso de Entre Ríos, periódico que fundara don Isidoro De María el 1 de marzo de 1849 y al que siguieron otros más que se conservan en la hemeroteca del Instituto Magnasco.

 

 

En ellos se pueden leer numerosos avisos sobre la cría y venta de gallos de riña. Como las calles aún no tenían nombre, el lugar se identificaba como “detrás de la Comandancia”, “al lado de la Zapatería de doña Pepa” o “frente a la plaza”.

 

No puede escapar al recuerdo la Pulpería Impini, fundada en 1865, en Talitas, departamento Gualeguaychú, donde la ilusión de conformar un poblado a su alrededor se vio frustrada porque la traza del ferrocarril la dejó de lado. Sin embargo, el tiempo la mantuvo erguida y hoy, lejos de su antigua función comercial, el lugar se ha convertido en una suerte de museo vivo del campo entrerriano. Es un espacio donde el pasado permanece casi intacto.

 

Cuando comenzaron a llegar inmigrantes de Europa solos o en grupo, la mayoría pobres, pero con muchas ganas de trabajar, salían a la campaña de a caballo o en carro, a vender mercaderías en alguna de las veintiséis pulperías que existían por entonces. De esta manera, la pulpería fue perdiendo su esencia y lentamente se convirtió en un Almacén de Ramos Generales, pues los gauchos y hombres de pueblo, en su mayoría, eran reclutados para incorporarlos a los ejércitos, sobre todo, durante las guerras civiles.

 

 

La pulpería no fue solo un negocio, sino el primer lugar en que convivieron, de manera forzosa e imperfecta, personas de condiciones muy distintas: el gaucho y el esclavo, el recadero y el pulpero que no sabía firmar, el paisano que improvisaba una milonga y el alcalde que cobraba impuestos. En la Villa de San José de Gualeguaychú, ese ámbito áspero y ruidoso fue, durante décadas, la única versión de lo público que existía. Luego, bares y confiterías fueron dando una nueva fisonomía a la ciudad que crecía hacia el oeste. Ya nos ocuparemos de ellos, aunque, cualquiera fuera su importancia, no podrán borrar las huellas que pulperías y pulperos dejaron en el corazón de la Villa.

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Gualeguaychú Campo Música
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