El consumo compulsivo de noticias negativas afecta el ánimo, el sueño y la salud emocional de los jóvenes.
Redacción EL ARGENTINO
En un mundo hiperconectado y saturado de información, el doomscrolling se convirtió en una práctica cada vez más común: recorrer sin descanso noticias y videos en redes sociales y portales, muchas veces cargados de contenido negativo. Este hábito, que surgió con fuerza durante la pandemia de COVID‑19, persiste hoy generando consecuencias directas en la salud mental.
El término combina doom (fatalidad) y scrolling (desplazarse en pantalla), y describe un patrón de consumo compulsivo difícil de cortar.
Un ciclo que impacta en cuerpo y mente
Neuropsicólogos advierten que el doomscrolling funciona como una adicción: activa el sistema de alerta del organismo y dispara la liberación de cortisol y adrenalina, hormonas vinculadas al estrés. Esto puede derivar en ansiedad, alteraciones del sueño, fatiga emocional y debilitamiento del sistema inmunológico. A nivel cerebral, se refuerzan los circuitos que atienden estímulos negativos, intensificando pensamientos pesimistas y sentimientos de desesperanza.
Además, muchos usuarios terminan asociando la conexión a internet con emociones desagradables, generando una desconexión emocional frente al dolor ajeno y un deterioro de la empatía.
Estrategias para frenar el doomscrolling
Los especialistas recomiendan prestar atención a cómo nos sentimos después de consumir información digital. Si aparecen signos de angustia, irritabilidad o fatiga, es momento de revisar el vínculo con las redes y los portales de noticias.
Aunque el doomscrolling puede parecer un hábito difícil de abandonar, existen estrategias simples que ayudan a reducir su impacto: establecer horarios específicos para informarse y evitar hacerlo antes de dormir, limitar el tiempo en redes sociales mediante herramientas que controlen el uso diario, elegir fuentes equilibradas que aporten perspectivas constructivas y, sobre todo, practicar la desconexión consciente dedicando momentos del día a actividades sin pantallas como caminar, leer o meditar. Estas acciones permiten recuperar el bienestar emocional y construir una relación más saludable con la información digital.