La campaña en la provincia se define en un terreno de mínima tolerancia al error. El uso eficiente de insumos marcará la diferencia para el productor. Especialistas advierten que la eficiencia y la gestión del riesgo serán claves para evitar números en rojo.
Por Karina Escola
La campaña de granos finos en Entre Ríos comenzó con un escenario de fuertes contrastes. Mientras las sembradoras ya avanzan en algunos lotes, la incertidumbre económica domina las decisiones productivas. Según la Bolsa de Cereales de Entre Ríos, se proyecta una caída del 18% en la intención de siembra de trigo, lo que reduciría el área implantada a unas 600.000 hectáreas.
El contador Matías Méndez, gerente de GC Agro, advierte que el sector enfrenta un problema estructural: “No estamos agregando valor para el riesgo que estamos corriendo”. Para el ciclo 2026/27, describe una rentabilidad extremadamente ajustada, con márgenes que califica como “muy finitos”, debido a la volatilidad de los costos de los fertilizantes, especialmente de la urea, impulsada por los conflictos bélicos internacionales.
Méndez expuso además la fragilidad financiera del negocio agrícola y señaló que el sector no logra generar valor suficiente frente al nivel de riesgo y capital inmovilizado. Con una superficie provincial prácticamente estabilizada desde hace 15 años, el crecimiento horizontal hoy implica “robarle campo al vecino”, una dinámica que incrementa los valores de arrendamiento y erosiona aún más el margen neto.
En contrapartida, el crecimiento vertical mediante la intensificación ganó terreno en las últimas campañas. El trigo alcanzó las 729.000 hectáreas y superó incluso la superficie de soja de primera. Sin embargo, el incremento de la producción no se tradujo necesariamente en mejores resultados económicos debido a factores de mercado y logística.
La trampa de la logística y la calidad
La campaña pasada dejó en evidencia que producir más no siempre significa ganar más. A pesar de obtener rindes 1.100 kg/ha superiores a los presupuestados, el precio del trigo cayó hasta los 166 dólares por tonelada.
El elevado volumen cosechado generó cuellos de botella logísticos que derivaron en costos adicionales por cupos y descuentos por calidad —especialmente por PH— que oscilaron entre el 5 % y el 10 %. Esta volatilidad, según Méndez, refuerza la necesidad de una gestión sistémica orientada a proteger el principal activo biológico del sistema: el suelo.
El trigo continúa siendo un cultivo clave por su estabilidad y por el aporte que realiza al sistema productivo. Sin embargo, este año el éxito estará menos ligado al volumen cosechado y más a la capacidad de gestionar costos y diversificar riesgos en un mercado que no ofrece margen para errores.
El informe de marzo de 2026 de la Secretaría de Agricultura, Ganadería y Pesca (SAGyP) aporta cifras que terminan de delinear el complejo escenario para el cereal en la provincia. El reporte oficial proyecta resultados que obligan al productor a trabajar con extrema eficiencia para evitar caer en terreno negativo.
Para Entre Ríos, la SAGyP estima un rendimiento promedio de 2,97 tn/ha para la campaña 2026/27 y un precio de cosecha de 222 dólares por tonelada. Si bien este valor representa una mejora del 21 % respecto de las estimaciones de diciembre de 2025, continúa condicionado por una estructura de costos en ascenso.
La rentabilidad, además, varía de manera significativa según el régimen de tenencia de la tierra, siendo el modelo bajo arrendamiento el más vulnerable. El costo del arrendamiento, calculado en torno a los 94,5 dólares por hectárea para la región, termina de comprometer la rentabilidad del cereal.
Según la Bolsa de Cereales de Entre Rios, en su último informe la situación es aún más crítica, los rindes necesarios para cubrir los costos se sitúan en 3.300 kilos para campo propio y 3.870 kilos para campo arrendado, algo muy difícil de llegar a conseguir: solo en 4 de cada 10 años se pueden lograr dichos rindes.
Los datos oficiales ratifican la advertencia de los analistas: el trigo 2026/27 en Entre Ríos se jugará en una franja extremadamente delgada, donde la eficiencia en el uso de insumos y la administración del riesgo de arrendamiento serán determinantes para sostener la rentabilidad del productor.