Fue maestra, directora, fundadora del Instituto Magnasco y una de las mujeres que más hizo por la cultura y la educación en Gualeguaychú a fines del siglo XIX y las primeras décadas del XX.
Por Leticia Mascheroni
Para recordarla en el 85° aniversario de su fallecimiento, elegí una forma inusual de honrarla: ponerme en su piel y dejarla hablar.
Hay vidas que piden ser contadas desde adentro. La de Camila Enriqueta Nievas es una de ellas. Por eso elegí no escribir su biografía sino habitarla. Me senté frente a sus cartas y documentos y decidí hacer algo que va más allá del homenaje: prestarme a mí misma para que ella hable. Lo que sigue es su voz —reconstruida y devuelta al presente— en el 85° aniversario de su muerte.
Los escalones que sostuvieron los sesenta años de vida que he podido transitar hasta ahora, fueron, a veces sólidos y otras frágiles, pero siempre desafiantes para subir uno más cada día, en la tarea impetuosa por conformar mi personalidad, rica en ambiciones espirituales y culturales. Soy mujer de dos siglos: el XIX, que carga con evidentes transformaciones en cuanto al progreso industrial y a la crisis de los sistemas convencionales de gobierno y el XX, con expectativas de cambios, sobre todo, en el mundo científico, cultural y social. Lento y sostenido.
Mientras el siglo XIX definía y remataba sus últimos años, con las expectativas por la llegada de uno nuevo, hacía crecer mis impulsos para fortalecer las aptitudes intelectuales y culturales. En una sociedad donde las mujeres teníamos poco espacio para desenvolvernos, el cultivo de la literatura y de las artes se afirmaba como el mejor camino para lograrlo.
Las primeras letras aprendidas al calor del esfuerzo de mi madre, en un paisaje de naturaleza viva, a puro campo, iban delineando los garabatos que un día fueron palabras y con el tiempo conformaron mis primeras expresiones escritas.
Cuando nos trasladamos a Gualeguaychú, pude ingresar a la Escuela Graduada Mixta, que funcionaba a media cuadra de la parroquia San José y frente a la plaza Independencia, luego conocida como San Martín. Tuve en suerte tener como maestra, entre otras, a la señorita Luisa Bugnone, primera de la ciudad en haberse graduado en la Escuela Normal de Paraná. Me marcó un rumbo, que como niña no tenía dimensión de su alcance, pero que, en plena adolescencia, reconocí que seguía sus pasos y sentía que mi crecimiento interior se lo debía especialmente a ella.
La decisión de cursar el magisterio en Paraná apoyada por mis padres fue acertada, ya que debí cambiar de ambiente, administrar mi independencia y concentrarme exclusivamente en el estudio. La lectura se fue convirtiendo en mi mejor aliada y compañera, empecé a escribir cartas para no perder el contacto con mis afectos y con mi terruño. La llegada del correo se convertía en una expectativa constante, pues, ávida de noticias, sentía el regocijo de mi espíritu ante las buenas nuevas.
Lamentablemente, tuve que abandonar mis estudios regulares y regresar a Gualeguaychú. Eleuterio Tiscornia, mi compañero de clases en Paraná y amigo del alma -como gustaba expresarse-, fue la persona que permitió tender un puente de contacto epistolar. Desde entonces, las cartas pasaron a cobrar un valor muy significativo en mi vida y, aunque al principio no fueron muy asiduas, con el correr del tiempo y de acuerdo con mis inquietudes, fueron aumentando en intensidad y en frecuencia.
En una de ellas, fechada el 18 de diciembre de 1895, decía Eleuterio que, a pesar de haber rendido pocas materias, mis calificaciones eran brillantes y “le forman una aureola luminosa que, al coronar su asiduo trabajo, la ponen en estado de enorgullecerse y vanagloriarse del provecho de su tiempo […] a este paso no dudo llegará a ser mañana, honra de sus conciudadanos y de su patria toda”.
Sin duda, el esfuerzo que debía imprimir a mis actividades era muy grande para poder satisfacer las impresiones de mi amigo; sobre todo, en un contexto donde las mujeres parecían destinadas a recluirse en el ámbito familiar y dedicarse a las tareas domésticas o a tocar el piano.
Recuerdo que la proximidad del carnaval me provocaba desasosiego y angustia, al punto de recluirme en la quinta de papá. Cuando le comenté esto a Eleuterio, su reacción inmediata fue decirme que eran tres días únicos en el año, de locura, de gozo, de entregarnos por completo a los placeres y a dar rienda suelta a la expansión del espíritu y descanso a la mente. Decía que en Paraná se imponían los bailes de disfraces como novedad y que la banda del pueblo se había declarado en huelga por falta de pago y fue reemplazada por la banda del Regimiento 12 de línea.
Vienen a mi memoria las retretas de la banda municipal en la plaza Independencia. Los niños jugaban atentos a la mirada de los mayores que disfrutaban de las interpretaciones mientras dialogaban con otros vecinos.
También me gustaban mucho los actos escolares en homenaje a las fechas patrias. Andrade y Gervasio Méndez nos inspiraban para recitar sus poesías y cuando comencé a ejercer la docencia, procuraba que los actos tuvieran la fineza y galanura que el festejo ameritaba.
Por agosto de 1896, una epidemia de viruela azotó a Gualeguaychú. No escapé al contagio y mi estado de ánimo decayó mucho. Las cartas de Eleuterio fueron un bálsamo, un aliento permanente para ayudarme en la recuperación, cuando expresaba: ¡Juventud! ¡Juventud! ¡Sacude ese letargo abrumador, entona con todo lo ardoroso de tu pecho el canto del progreso! ¿Y no será Ud. Camila la que inicie este renacimiento?”.
Indudablemente, este mensaje prendió fuerte en mis emociones, me ayudó a recuperarme de la viruela y a encarar mentalmente un desafío: realizar acciones concretas para crear espacios de expresión intelectual para la mujer.
La pauta me la dio también el dato que mi amigo acercó: en su curso había veintisiete varones y solo tres mujeres seguían la carrera del magisterio. Estuve convencida de que las escuelas normales se convirtieron en un espacio muy valioso para que la mujer pudiera desarrollar sus aptitudes y capacidades, al mismo tiempo que les facilitaba su independencia económica. Aunque debía pensar en otros recursos, sobre todo para aquellas que no podían concurrir a una escuela secundaria.
Recuerdo que, por esa fecha, estaba muy entusiasmada con la propuesta que mi querida maestra Luisa Bugnone me había hecho y que encajaba perfectamente en mi ideal de dar un mejor espacio social y cultural a la mujer. Se concretó con la creación de la Escuela particular de niñas “José María Torres”, contando para ella con la “bibliotequita” de la Sociedad Literaria “Manuel Belgrano”, ya que habíamos logrado reunir cuarenta y cinco libros, con la promesa de recibir otros más en donación. Estaba eufórica: al no poder completar mis estudios de maestra en Paraná por razones de salud y de distancia, podía volcar todas mis energías e inquietudes en un emprendimiento pedagógico alentador.
De la escuelita particular pasamos con Luisa a concretar un anhelo mayor: la “Sociedad por la Patria y el Hogar” que hoy veo floreciente y en permanente progreso. La “bibliotequita” que seguíamos alimentando, pasó a integrar la biblioteca “Olegario V. Andrade” en 1900.
El equipo de mujeres que integramos la primera comisión constituyó un puntal muy importante para mí, pues, al retirarse Luisa por las demandas de su hogar, pasé a ejercer la presidencia. Pensaba que, a través de la correspondencia, podía lograr ayuda para el crecimiento de nuestra institución y así las cartas volvieron a convertirse en un cofre valioso que debía enriquecer.
El doctor Osvaldo Magnasco emerge en este paseo por mi memoria, como baluarte destacado en el campo de la cultura, la política, las letras, las artes y la consolidación de un hogar sentado en las virtudes. Recuerdo que venía con cierta frecuencia a Gualeguaychú, con un tiempo para el descanso y otro para apoyar y canalizar obras que la ciudad demandaba. A través de nuestra correspondencia, podía hacerle pedidos para mi escuela que felizmente satisfacía y a los que agregaba aportes de su propio peculio, como libros y láminas. La carta que recibí después de su visita a la Escuela del Puerto (actual Escuela Domingo Matheu) tuvo dos aristas distintas: por un lado, ponderaba las múltiples tareas realizadas durante el año y por el otro, se interiorizaba de las deficiencias edilicias, verdaderamente graves. Pronto escribiría para hacerme saber que había intercedido ante las autoridades correspondientes para lograr la construcción de un nuevo edificio, el cual en pocos años se hizo realidad.
Avanzo en mis recuerdos: ¿Acaso no fue acertado haberle puesto su nombre a la institución que fundamos con Luisa? Ante su prematura muerte el 4 de mayo de 1920, no hubo dudas en homenajear a uno de nuestros benefactores con la imposición de su nombre como herencia indiscutible de una trayectoria intachable.
Después de muchos años, pienso que el hecho de haber conservado tantas cartas me permite reflexionar acerca de la importancia de los contactos epistolares fluidos, de conocer los itinerarios de vida de mis amigos y parientes e incluso, de hacer reflexiones hacia mi interior para tener una dimensión más acabada de la incidencia que tuvieron en la conformación de mis conductas, aptitudes y emociones. El sesgo abrupto que había tomado mi vida a partir de los días compartidos con Luisa Bugnone, ya convertida en mi consejera y amiga, permitió avizorar un panorama más optimista, con proyectos e iniciativas enriquecidas a diario y que venían revoloteando en mi pensamiento.
Mientras tanto, seguía con mucho trabajo en nuestra sociedad, con una biblioteca en sostenido crecimiento, al tiempo que se incrementaba la cantidad de socios. Nuestro primer intento de organizar conferencias no dio los resultados esperados y decidimos avanzar con el incremento de lectores, lo que generaba la necesidad de enriquecer la biblioteca.
Y fueron las cartas, mensajeras de nuestro pedido. Muchos vecinos, gente de la política, profesionales y religiosos colaboraron paulatinamente con la donación de libros. El espacio nos resultaba muy estrecho, por lo que fue necesario pensar en tener una casa propia, a lo que nos dedicamos con fervor hasta lograrlo.
Al mismo tiempo, en la Escuela N°2 “Domingo Matheu” continuaba canalizando mis inquietudes, ya que el ejercicio, como maestra de aula y luego como directora, constituyó un espacio formidable para el logro de buenos resultados. También mantenía el permanente contacto epistolar con el fin de obtener el material necesario para concretar mis planes. Así, el doctor Osvaldo Magnasco y el inspector de escuelas Antonio Sagarna fueron algunos de los destinatarios más selectos.
Necesitábamos una maestra auxiliar y un proyector para la sala de ciencias naturales. Conseguimos ambos y fuimos con la intención de obtener el ciclo superior -5° y 6° grado- para la escuela, pero lamentablemente, el director general Alfredo Villalba derrumbó las intenciones al manifestar que era imposible acceder a mi pedido por dos motivos: el primero, por la creación del Departamento de Aplicación en la Escuela Normal y el segundo, por razones presupuestarias. Aclaraba también, que tampoco se podía aumentar el salario de los directivos, pues las partidas estaban liquidadas y habían sido enviadas a la Legislatura para su aprobación.
Felizmente en 1910, Gualeguaychú tuvo su Escuela Normal y la “producción” de maestras en pocos años permitió cubrir las vacantes, ya que las distancias, los caminos en precario estado y el desarraigo, dificultaban el traslado de docentes desde otras ciudades.
Este contacto epistolar con funcionarios facilitaba sobremanera mis intenciones de dotar a la escuela de personal y material de calidad, pues nuestros niños eran, en su mayoría, de condición social y económica muy humilde.
Recuerdo que 1923 fue un año pleno de emociones muy fuertes. José María Neyra me enviaba generalmente buenas noticias. Una de ellas fue la confirmación de que seguiría dictando cátedra en el Colegio Nacional y la otra, que el busto de Osvaldo Magnasco, después de algunos inconvenientes de embalaje, saldría para el instituto.
Mi regocijo fue mayor porque con Leopoldo Capdevila estábamos en plena luna de miel. Mi casamiento con un eximio pianista provocó plácemes en nuestras relaciones sociales; innumerables cartas y tarjetas de felicitaciones llegaban casi diariamente a nuestra casa desde diversas latitudes.
En tanto, seguía bregando ante los funcionarios de Paraná para que mi esposo pudiera dictar cátedra de música en alguno de los establecimientos educativos de la ciudad. Eran tiempos difíciles y la estabilidad laboral era necesaria. Felizmente, el 15 de julio de 1925, el profesor Sagarna, ministro de Justicia e Instrucción Pública de la provincia, me comunicó que había sido nombrado como profesor de Música Coral en el Colegio Nacional de Gualeguaychú.
Siguiendo con mi recorrido por los campos del recuerdo, en 1926, junto con el presbítero José María Colombo, pudimos concretar una obra que fue como prolongación del Instituto Magnasco: donar una considerable cantidad de libros a la Escuela de Artes y Oficios que él dirigía. En el Colegio Nacional, él dictaba la cátedra de Italiano y yo, la de Castellano, momentos que acentuaron la profundidad de nuestras intenciones.
Debí asumir una misión altamente responsable con firmeza: fui becada por el Gobierno nacional para estudiar las bibliotecas populares en Alemania y al regresar, tuve que presentar un informe.
Llevaba sobre mis espaldas, en sentido figurado, un cúmulo de información de la Institución Magnasco, como a mí me gustaba llamarla. Esta obra había crecido sin interrupciones, al calor de la prolífica labor de un grupo de mujeres muy comprometidas y, en especial, con su principal objetivo: el crecimiento social y cultural de la mujer. Siento escalofríos de sólo pensarlo. Este baluarte sirvió de soporte para el intercambio de correspondencia, libros, revistas y folletos con docentes, alumnos y autoridades residentes en Alemania.
Un acontecimiento excepcional fue la presencia en Gualeguaychú del Presidente de la Nación Agustín P. Justo en 1937. Entre otras, visitó nuestra institución, acompañado por el diputado nacional Juan Francisco Morrog Bernard y el intendente Pedro Jurado. Di un discurso de bienvenida desde el palco oficial en nombre del Instituto Magnasco y agradecí la donación de dos cuadros: Calle gris de Rinaldo Lugano y Naturaleza muerta de Julia Peyson Olascoaga.
Hasta aquí, he podido ordenar lo mejor posible el cofre que atesora los vínculos epistolares y fraternos que he mantenido con familiares, amigos, colegas, escritores, políticos, funcionarios… una nómina que podría seguir enumerando por la diversidad de contactos que he tenido en estos años de intensa actividad.
Confieso que, al releerla toda, una nube de recuerdos, de paisajes y de sentimientos envuelve mi espíritu, descorre el velo de los recuerdos y pone en la balanza los momentos fastos y nefastos que todo ser humano edifica en el devenir de su existencia.
Seguro que algún día me iré, tal vez para seguir platicando en el espacio celestial con todos los que me habrán precedido, tendiendo un nuevo puente que nos vuelva a reunir. Esta es mi estela.
*Complejo Cultural Magnasco