Redacción EL ARGENTINO
Mariana Peruzzo (Colaboración)
Con una ternura inigualable y muy atento a cada pregunta, sentado en el banco de la iglesia Nuestra Señora de Luján donde se ubica todos los domingos, Roque Piccini habló sobre la fe que lo acompaña desde que tiene uso de razón y que, a sus 100 años, 8 meses y algunos días, permanece intacta. O quizás, incluso, más fuerte que nunca.
En Gualeguaychú su nombre ya es conocido por su historia de vida, su trabajo en el Ejército y en las instituciones y su compromiso por mejorar la ciudad. Sin embargo, semanas antes de concretar esta entrevista, hubo algo distinto que despertó mi inquietud. Durante una misa, en el momento de la consagración —cuando el silencio invade el templo y los fieles bajan la cabeza— una voz sobresalió entre todas las demás. Era la de Roque.
Mientras muchos se inclinaban, él permanecía de pie. Y aunque ya conocía parte de su historia, fue en ese instante cuando nació mi curiosidad por conocer más sobre la fe que sostiene su vida desde hace un siglo.
Media hora antes de que comenzara la ceremonia religiosa nos encontramos en el banco donde se sienta cada domingo. A pocos metros, su hija Silvia preparaba todo para la celebración. La gente empezaba a entrar lentamente, se persignaba y ocupaba su lugar en silencio, mientras nosotros seguíamos conversando. En un momento pasó el sacerdote y Roque, con una sonrisa pícara, bromeó: “Nos van a echar”. Después volvió a concentrarse en cada pregunta, atento y dispuesto a responder hasta el más mínimo detalle con una lucidez que asombra.
Cuando le pregunté su edad, respondió sin dudar: “Gracias a Dios, 100 años, 8 meses y algunos días”. Confesó que es “relativamente mucho tiempo” y que jamás imaginó llegar a esa edad. Sin embargo, hay algo que permanece intacto: su espiritualidad. Va a misa todos los domingos, salvo que el mal tiempo se lo impida. No importa si juega su equipo de fútbol ni cualquier otro compromiso. “La misa para mí es una obligación como cristiano”, aseguró.
La religión lo acompaña desde que tiene uso de razón. Principalmente gracias a su madre y a sus abuelos maternos, inmigrantes italianos que le sembraron la semilla de la devoción desde muy pequeño. Fue a una escuela de monjas, fue monaguillo y participó en grupos de Acción Católica. “Gracias a Dios lo pude mantener”, dijo con orgullo sereno.
A su lado siempre está Silvia, su hija, encargada de abrir la iglesia y preparar todo antes de cada celebración. Él la mira con ternura y la define como “su ángel terrenal”.
Al hablar sobre el legado de la religión dentro de su familia reconoció que los tiempos cambiaron. Cree que hoy la vida material, las obligaciones y el ritmo cotidiano alejaron a muchas personas de la religión, aunque aseguró que “dentro de todo lo llevamos bien”. La razón por la que sigue asistiendo cada domingo es simple: agradecer por la salud, por la familia y por la vida que le tocó.
Se emociona inevitablemente al recordar a Zunilda Juana Molina, “Mecha”, su esposa. Se casaron a los 23 años en la iglesia San José, la actual Catedral, y compartieron más de 51 años juntos. “Por ella soy padre”, dice, mientras los ojos se le ponen cristalinos.
Rememoró que siempre andaban juntos. Compartieron la crianza de sus hijos, la vida familiar y también la fe. Durante años participaron activamente de la iglesia y acompañaron las misas del padre Jeannot, con quien Roque mantuvo una gran amistad.
Hay una respuesta que resume toda la esencia de su historia. Cuando le pregunté por qué, después de un siglo de vida, sigue creyendo con tanta intensidad, Roque se llevó las manos al pecho, levantó la mirada y respondió: “Porque lo mamé desde chiquito, desde que tengo uso de razón. Antes de dormir rezo el rosario y esa también es mi primera actividad de cada mañana”.
Roque es el tercero de seis hermanos: “Hoy solo me queda la menor, de 91”. Tiene dos hijos, seis nietos y seis bisnietos. Habla de todos con orgullo y destaca que todos son profesionales.
Su hija lo acompaña todos los días. Después llega su hijo. También menciona a sus sobrinos y especialmente a uno, a quien considera “casi un hijo” por el cariño y la atención constante que le brinda.
Cuando describe la sociedad actual, su tono se vuelve más reflexivo. Cree que muchas personas viven preocupadas por lo material, por lo que tienen o lo que les falta, y cuestiona también el uso permanente de la tecnología: “De Dios, poco y nada. Si tuviera que darles un mensaje a las personas alejadas del culto les diría: piensen que si tienen la vida es porque Dios se las dio porque es amor; sin él, no podríamos seguir viviendo. El día que dejamos de respirar muere el cuerpo, pero el alma sigue”.
Antes de despedirnos le pregunté cómo le gustaría ser recordado. No mencionó logros ni reconocimientos, sólo me dijo con una sonrisa en los labios: “Como una persona honesta, alguien que nunca quiso ofender a nadie. Como alguien generoso, que ayudó económica y espiritualmente a quienes pudo”.
El secreto para vivir 100 años, según Roque, está en llevar una vida sana. Nunca fumó. Solo toma “media copa de vino con soda” y jamás probó bebidas blancas. También agradeció la salud que tuvo durante toda su vida: “El bisturí entró en mí solamente por un papiloma en el ombligo”, contó con naturalidad.
Al finalizar la charla, le pregunté si quería agregar algo más. Entonces me miró emocionado y, antes de despedirse, dijo: “Gracias a vos por la atención que has tenido para este viejo”. Nos abrazamos.
Y mientras la iglesia terminaba de llenarse para la misa, pensé en lo mucho que una persona de 100 años todavía puede enseñarnos. En tiempos donde todo parece urgente, acelerado y superficial, Roque encuentra calma en la fe, en la familia y en el valor de los vínculos verdaderos, en sentarse a conversar, en mirar a los ojos, en agradecer. Tal vez ahí también habite parte del secreto de una vida larga.